Livingston I.

Un precioso paisaje se desdibujaba en nuestros ojos a medida que la lancha avanzaba. Palmeras, vegetación frondosa, pelícanos surcando las olas y el agua mojando nuestros rostros, así, el pueblo de Lívingston nos daba la bienvenida por mar, la única manera en la que se puede acceder a esta preciosa bahía situada en el mar caribe.

Días antes, navegando por internet encontramos una Biblio-ludoteca que aceptaba voluntarios para trabajar y programar actividades con los niños y niñas del lugar, asique sin pensarlo, enviamos un correo a la espera de una respuesta para poder trabajar con ellos. Aún así, nuestra impaciencia nos superó y antes de tiempo nos plantamos allí, en Livingston. Por suerte para nosotrxs, el mismo día de la llegada, recibimos la esperada llamada y con las mochilas recién ubicadas en un hotel, salimos en su búsqueda.

La primera impresión; niños y niñas gritando, riendo y saltando, se abalanzaban sobre los monitores. Allí nos recibió Chave, la encargada de los voluntarios y monitora de actividades en horario de mañana. Hablando con dos voluntarios de la ludo, Alba (catalana) y Helio (manchego) nos enteramos de como funcionaba la ludo y las actividades que hacían.

Después de leernos un Manual y compartir algunas palabras con Chave, firmamos el contrato y… ¡Listo! ¡Nuevos voluntarios al ataque!

Pero ahí no empezaba todo, estábamos a viernes e iba a comenzar la Semana Santa así que los niños y niñas no vendrían a la biblioteca durante esos días. Así que… semana libre!

Ya os imaginais… la playita, los cocos, las chelitas, el roncito, conciertitos, y como no! Un tapado, la comida típica de la costa caribeña con pescado, gambas, plátano, arroz y leche de coco… riquísima receta que preparamos en la casa de ‘’Payulo’’ un garifuna de la zona que no dudó en presentarnos a su familia.

Ah! pero esta bonita historia no acaba ahí. Un día antes aparece en el hotel Martita, una coruñesa que conocimos la primera semana en Antigua, casualidades de la vida que en la otra punta del país y en uno de los muchos hoteles de Livingston fuese a parar al mismo que nosotros, ella, su hermana Ana y su amiga Marta.

Y así vivimos una semana de encuentros, nuevas amistades, procesiones, demasiada gente perreando a pie de playa, y como no! La Chazo-anécdota de la semana. Después de un concierto a pié de calle, tras finalizar la música en el centro del pueblo solo quedaba la opción de irse a las discotecas, como era inviable semejante silencio, sacó de gaita y la gente borracha empezaron a meterle billetes en los bolsillos, surrealismo caribeño…

Por último mencionar que estamos como en casa, gracias a Manolo y a Telma, los trabajadores del hotel donde estamos, que día a día nos aconsejan nuevos lugares que conocer y costumbres de la zona.

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