Lago Atitlán. I

El primer pueblo al que fuimos a parar fue Panajachel, en el departamento de Sololá. Allí llegamos después de tres horas de bus desde San Lucas de Sacatepéquez por un precio muy asequible de 30Q, lo que vienen siendo unos 3,5€. Un viaje muy tranquilo, en comparación a las burras hasta Antigua, en las que la aglomeración de personas se asemeja a una lata de sardinas hambrientas.

Nos alojamos en uno de los hoteles más baratos y dejamos nuestras mochilas para poder disfrutar de las vistas al lago y de la turística calle principal llena de puestos de artesanía, comida y bares para pegarse una buena fiesta. Al anochecer, llegamos para ver los últimos rayos de sol acompañados de un par de músicos de calle con su charanguito, un hang drum y una darbuka.

A pesar de toda la magia que encontramos, quizás no nos transmitió lo que buscábamos, porque nuestra estancia allí no duró más de una noche.

A la mañana siguiente, agarramos una lancha hasta la otra punta del lago, dirección Santiago Atitlán, otro de los pueblos más conocidos y transitados. Nuestro objetivo allí era claro; visitar “Cojolya” la asociación de tejedoras mayas fundada en 1983 por una mujer estadounidense y dos personas de origen tz’utujil, idioma hablado en el departamento de Sololá por 47,669 en una extensión de 350km2. La intención era conocer como trabajaba la asociación y saber si se podría realizar voluntariado con ellas. No fue posible, pero pudimos adentrarnos en el museo y leer algo de historia sobre la materia prima con la que trabajaban, con que herramientas y sus diversas utilidades.

Esa noche, paseando por las calles de Santiago nos encontramos en medio de una procesión, todavía a casi 10 días del comienzo de la semana santa, la gente del lugar se preparaba para la gran fiesta.

Aunque la sorpresa no tardaría en llegar, cuándo recibimos un mensaje de un amigo italiano que, por casualidades de la vida, también estaba en las orillas del Lago Atitlán.

A la mañana siguiente, después de dos años sin vernos, allí nos cruzamos, a las puertas del hotel donde nos alojábamos.. ¡sorpresa! Y aún mejor, no viajaba solo. Con él estaba Davide, una increíble persona con la que también compartimos cuatro días más, y muy divertidos, este día, solo era el comienzo.

Agarramos nuestras mochilas y nos dirigimos al Festival Atitlan, una reunión de tribus que se lleva haciendo unos cuantos años, sin patrocinadores y con la intención de crear un espacio de encuentro entre culturas y música alternativa. Lo único que nos llamo la atención, fue que en verdad el festival se originó y se sigue llevando a cabo por gente estadounidense, y aunque pudimos escuchar un par de grupos de música que nos transportaron hasta la cultura maya, con instrumentos tradicionales y gente guatemalteca y tz’utujil, parecía que nos encontráramos en woodstok.

Así, cuándo el festival terminó, después de 12 horas seguidas de conciertos, regresamos al hostel en una pick-up y fuimos directos a dormir.

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